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sábado, 26 de septiembre de 2020

DE SEMBRAR Y RECOGER FRUTOS


Iba a subir esta crónica a Facebook... pero luego me lo he pensado bien... que mejor sitio para escribir lo que viene a continuación que hacerlo en el Vloj que es mi casa desde hace años, no?

Además, os debo una entrada de presentación de 🚵🔋 pero estoy seguro que esta  a los Rot les va a gustar mucho más...

Alla voy!

Yo antes era de hacer crónicas de las rutas... pero hace mucho tiempo que dejé de hacerlas por diversos motivos... la ruta de hoy bien merece una lineas... no porque sea la madre de todas las rutas, pero es una ruta muy apañá (la he podio hacer varias veces, una de ellas con mis queridos Rots)... son 30 km y casi 1200 AC, con su tramo durillo de senda al inicio para subir la Carrasqueta, luego pisteo un pelin pestoso porque unas maquinas de triturar madera han triturado la pista también, mejora al rato, cuando enganchas la pista que va a la Font de Vivens para encarar el “pepino” de la Martina... paramos para tomar el bocata y fijamos la vista en el objetivo: la Penya Migjorn que aun queda algo lejos y “sólo” llevamos la mitad del acumulado... bien, poco a poco... seguimos por pista y algún atajo de senda que se agradece en constante sube-baja qué va sumando metros al total de ascendido y finalmente cogemos ya la senda final con varios repechos de empujar la bici (o no, depende si vas electrificado 😬)... ya se ve el tramo final de subida, que normalmente se portea o empuja (según los gustos del biker)... no es ninguna barbaridad, pero hay que hacerlo si quieres llegar hasta la cima... la subida no está muy suelta y tiene buen agarre, pero se inclina muuucho... 

(Abrimos paréntesis)

Desde que tengo la eléctrica, si voy con los compis con sus bicis que ahora dicen “musculares” (😬🤷🏻‍♂️) voy con el mínimo de asistencia, me permite ir a su ritmo, sin que me tengan que esperar en cada tramo de subida, sudo lo mío (evidentemente no es lo mismo que ir sin 🔋) y no llego agotado a la bajada... disfruto como nunca y estoy más feliz que una perdiz (quien las llama máquina de la felicidad, no se equivoca)... perdón, que me he ido con la divagación filosófica de mi concepto de e-bike...  cada cual tiene el suyo, todos respetables. 

(Cerramos paréntesis)

A lo que iba, la subida final es si o si empujando una bici sin asistencia... peroooooo... y oh, sorpresa! la he podido ciclar prácticamente toda hasta la cima ⛰, eso si, a máxima asistencia y sacando el higadillo... alguno con mas tecnica y más fondo se la ciclará entera seguro... una flipada. 

Ya en la cima ⛰ vistas impresionantes en 360º, unos minutos de vida contemplativa y saborear el momento (para mi muy especial, luego diré el porqué... me dejo lo mejor para el final)... protecciones y bajada larga, con un poco de todo, turronera como no podía ser de otra manera estando en Xixona... aunque sin parar a hacer fotos en un momento estas abajo (con lo que ha costado subir!)... finalmente con unos repechos de premio llegamos a la Font de Nutxes... punto de inicio de la ruta...

Querido lector... si has llegado hasta aquí, gracias por tu tiempo... dirás... pues una ruta más!... pues NO! Lo mejor como siempre la compañía... y no hablo de JR, Raul, Diego y sus dos amigos de Alicante (un saludo si leéis esto 👋🏻👋🏻👋🏻)... que siempre son una excelente compañía, buenísimos compañeros de ruta de hace años...

Hoy era un día superespecial para mi... mi hijo Nicolás ha venido y se ha marcado esta ruta con sus 14 años recién cumplidos sin rechistar una sola vez... subiendo a ritmo del grupo, ciclando casi todo lo ciclable... y bajando como un campeón a mi rueda... 

Dicen que quien siembra, cosecha... y ese momento en la cima de la Penya Migjorn, es el fruto de hacer muchas pequeñas salidas desde pequeño con la bici, de acompañarlo muchos años a clases de bmx (desde aquí me agradecimiento  al club BMX Alcoy, empezando por el presi, Bala y acabando por todos los monitores que ha tenido: Kike, Pau, Nico, Alejandro, Carlos o Sergi)... nuestro objetivo no era que compitiera en bmx, porque desde el principio no ha sido un niño competetivo... la idea era que adquiriera la habilidad para llegado el día, poder llevármelo de ruta con la bici y enseñarle todos estos sitios que he podido disfrutar durante muchos años y que tan buenos paisajes, momentos y amistades me ha dado la bici 🚲 y la montaña ⛰ 

Ahora sé que se va a poder venir siempre que quiera conmigo... que podemos pensar en hacer rutones de los buenos... Fredes, Pirineos, Enduroland, Rio Mundo, Morella, Ainsa... esas escapadas que te recargan las pilas y te dan mucha vidilla.

Siento el “tocho” pero es que estoy muy orgulloso de lo que ha hecho Nicolás hoy... yo, a su edad, estaba a “otras cosas” 😂😂😂

Prometo no hacer más crónicas de estas hasta dentro de unos 5 años, cuando Daniel decida un día subir hasta alguna de las cimas de “la Terreta”... junto a su padre y hermano...

Mientras seguiremos sembrando... 🚵⛰🧒🏻

domingo, 7 de junio de 2020

CONFINADAmente




La verdad, fue todo muy rápido. Un día nos hallábamos compartiendo catas de cervezas artesanas pasándonos impunemente las birras, cogiéndole simpáticamente la patita al perro del vecino después de su paseo callejero, y al día siguiente, nos encontramos corriendo de camino a nuestras casas, con los ordenadores del curro debajo del brazo, haciendo de nuestra compra en el supermercado una verdadera pista de coches de choque, y cocinando entre geles hidroalcohólicos.

Sí, ahora lo piensas y oye, fue todo un vértigo.

Poner las noticias a la hora de la cena constituía un auténtico tormento. Todo eran curvas alcistas, que parecían sacadas de las mejores portadas del Expansión en los mejores tiempos del rodillo especulativo, o de un fotograma del Altimetrías.

Fue, cabe admitirlo, algo terrorífico. Más aún para aquellas personas que enfermaron, y cayeron de bruces en la cruda realidad escrita en los ojos de profesionales de la sanidad que afrontaron a pecho descubierto una cruel situación.

Nos encerramos a cal y canto. El más bello ejercicio de amor hacia nuestros mayores fue no verlos en persona. En casa seguir haciendo piña, intentar disimular la preocupación y tratar de aprender de los más pequeños, quienes una vez más, mostraron su capacidad de resiliencia, de adaptación al cambio repentino, y a mirar el mundo desde sus ojos, aplicando su aplastante lógica sobre lo que verdaderamente importa.

Y así fue como continuó esta historia, que a pesar de su amargura escondió episodios bellos, de los que suman, de los que se meten ahí dentro para siempre.

Poco a poco se encendió la chispilla que toda la comunidad ciclista tiene. Dependiendo de las condiciones de cada cual, algunas personas desmontaron y engrasaron rodamientos que ni siquiera las marcas del sector sabían que existían. Otras repasaban una y otra vez vídeos propios y ajenos, llorando por los rincones de manera incomprensible por no saber cuándo volverían a montar en bici. Hubo quien se refugió en buscarle los tres pies al gato, e indagó hasta las entrañas del ciclismo montañés, su origen, su evolución… su todo, como queriendo saber qué carajo es esto que tanto engancha realmente. Mucha otra gente se descargó todo Wikiloc, luego siguió con medio Trailforks, y acabó creándose un login en Mtbproject, y vio que todo aquello valió la pena, pues recompuso su escuálido nivel de inglés, y también sirvió para descubrir la ingente cantidad de senderos que hay por muchos sitios, y lo absurdo que resulta que siempre vayamos por los mismos.

A la que las vídeo llamadas se sucedían, y las teclas del móvil se borraban de tanto grupo de WhatsApp a flor de piel, empezaron las voces con el típico tópico de “en salir de esta vamos a ir a…”, “con lo que me estoy ahorrando en bares me voy a comprar la…”, proferidas después de haber visto de reojo nuestros propios reflejos barrigáceos fruto del confinamiento en cada espejo de la casa. ¡Agh los espejos!, ¡menudo invento del demonio!

Las gentes metidas en las urbes adivinaban rutas vecinales en las terrazas. Las comunidades rurales no entendían el esperpento que supuso no dejarles salir al sendero que justo termina en la esquina de arriba de sus casas. Y casi todos nos presentamos puntualmente a la cita diaria virtual para soltar estupideces y frustraciones en foros, redes sociales y demás formatos de vida enlatada, farfullando disertaciones sobre cómo arreglar la economía, combatir el maldito virus, gobernar un país, y construirse un rodillo casero.

Todo a la vez, durante unos dos meses, y sin salir más allá de lo que dicta un BOE.

Mientras tú tachabas 14 días desde que fuiste a currar, a comprar y te tosieron al lado mientras la mascarilla la tenías torcida, te cayó la compra en el portal, o tocaste el pomo de la puerta de entrada a la comunidad de vecinos y luego te rascaste la nariz porque te picaba… la naturaleza allí afuera, campaba a sus anchas, con osos que decidieron subir su termostato y abandonar la hibernación para reírse de la humanidad, abejas que colonizaron estatuas, águilas perdiceras con tres pollos en los nidos, y senderos absolutamente perdidos por la vigorosidad vegetal y el nulo trasiego humano. El planeta parecía estar bastante cómodo sin las estelas de los aviones, sin los barcos rozando las costas, sin los coches por las autovías.

¿Pero sabes qué?, durante esos días, nuestras mentes grabaron muchos más momentos buenos de los que crees, empatizaron con los esfuerzos, conectaron con todo lo que se puede hacer en la vida, enfatizaron el gusto por las cuestiones cotidianas, y revalorizaron aquellas otras que no pudimos hacer.

No soy quién para decirlo, pero tal vez nuestra misión ahora es dejar que todo fluya, dejar libres las mentes, no atarlas más allá de lo sucintamente necesario, tener la suficiente entereza para hacer frente a las vergüenzas que supimos destaparnos mientras estábamos agarrotados de tensión, y cultivarnos, para ser capaces de sumar todos juntos.

Y todo ello dando cíclicas vueltecitas con los pies para impulsarse, cogiendo con adecuada presión de manos aquello que te permite guiar el rumbo, fijar la mirada por delante para visualizar los baches o la suavidad inminente, y sonreír sin saber por qué, porque es así como sencillamente se debe vivir la vida.

martes, 8 de octubre de 2019

NO LO ENTIENDO

"No, no, no, no, no lo entiendo. No lo entiendo. Siempre están igual: Haciendo Bobadas...". (Eskorbuto dixit).

Ya. Es difícil. Bueno, no es que lo entienda difícil, pero entiendo que tú entiendas que puede resultar difícil.

No, no te juzgo aunque me juzgues. En realidad tampoco es fruto del esnobismo, de ir contra el sistema, de creerse diferente, o de querer dar la nota. Si ese es tu veredicto, recurriré tu sentencia. "Sentencia". Sí, decididamente suena a palabra fuerte. Muy fuerte.

La única pretensión es salir a pasear, a meterse tralla, a buscar nuevos escondrijos, o simplemente a comerse el bocata mirando el pueblo en la lejanía con sus problemas y sus ventajas allí abajo.

¿Qué por qué hacerlo con una bici de hace 25 años teniendo otras a priori mejores opciones, o cuanto menos más cómodas?. No sé, quizá no tenga respuesta para ti. Desde luego sí la tiene para mí. Y no una, sino muchas.

La verdad, "mi verdad", es que esto engancha. Aunque eso no sea solamente el principal motivo que me lleva a elegir esa delgaducha de acero cromado entre el resto de bicis del garaje, el veneno que te mete en vena es un factor con sublime importancia sobre la decisión final.

Pero no, no es la única razón, ni tan siquiera es la más importante.

En ocasiones es complicado explicar emociones con letras. Suele ocurrir cuando el hecho es digamos, diferente, irreverente o distinto a lo que suele hacer el resto. ¿Es culpa mía?. No lo creo. Más bien a la resolución de tantas preguntas ante lo aparentemente absurdo, solo uno mismo podrá comprobar que las respuestas son tan distintas como personas se suban a ella a dar pedales. Y que efectivamente, lo que para mí puede tener sentido, al bajarte de ella tú puedas decir abiertamente... que fue un verdadero sinsentido.

Entonces será cuando no te diga, pero piense, que eso mismo dijiste cuando te tomaste aquella lejana ya, primera cerveza amarga. Luego llegaron unas cuantas más.

Salud!


martes, 2 de julio de 2019

POT




Todo fluye. Todo sigue su curso. Todo tiene su propio tiempo.

Hace un rato me ha venido a la mente lo que han andado mis pies a lo largo del día. En ningún momento las suelas se han llenado de tierra que no sea la del tramo de obras interminables que atrapan una de las calles principales de la ciudad.

Es un hecho bastante antinatural este, y no me refiero solo a las obras precisamente. Hablaba de la insana costumbre de no chafar a la madre tierra, ni un solo rato al día, sin artificialidades humanas de por medio.

La mente humana esconde resquicios apacibles. En sus recovecos existen dominios repletos de experiencias vividas, en los que resuellan apabullantes momentos adquiridos en días digamos, diferentes al sota-caballo-rey de la cotidianeidad.

En mi caso, ordenaditos, en un profundo nudo mental, aparecen multitud de experiencias que arrancan la sonrisilla a la par que aceleran el corazón. Allí están, y parecen agolparse últimamente más deprisa de lo que solía ser habitual en estos últimos meses.

Bien podría enseñarles el camino de regreso a ese nudo mental del que provienen, si no fuera, porque sé que mi cabeza sigue soñando, elucubrando, creando… Tarde o temprano será el momento se reemprender esa senda, a veces lisa y pletórica de humus en descomposición, suave al sonido del paso de dos ruedas, y empedrada otras, generando el eco sórdido tan característico que producen el aluminio de los aros con la caliza martilleante.

Todo forma parte del camino, del sendero si se prefiere, porque todo lo mundano, lo vivido entre comunidad, es algo que también cabalga con nosotros siempre. Pero esas suelas hoy me piden tierra, y esta mente también.

Mis manos y mis ojos se han vuelto a confabular, y andan rebuscando por casa textos magníficos de Nejc Zaplotnik en su magistral obra Pot. Y llevan semanas indagando y refrescando relatos y gestas pirenaicas de grandes referentes para mí, dentro del gremio ciclista-montañés: entradas ancladas en el imprescindible blog de Mikel López (¡Jorf desapareció el tuyo!), supremas imágenes de Loren Zayas, Tonifane y Pello Pagola, y la vivencia real de tundas grabadas desde las bicis de Potxito o Quiri Aquilué.

Todo ello, no hace sino refrescar esos rincones de materia gris, ahondar esperanzas, y pensar en fustigar a la de ya, estos cuerpos nacidos para seguir los vericuetos que las mentes piden, y las montañas disponen.

martes, 29 de enero de 2019

DADME DOS PEDALES Y MOVERÉ EL MUNDO



No es una arenga cualquiera, ni un a propósito de Arquímedes. Es una realidad tan grande como el diamétro de una 29+, entrando en la más cerrada de las curvas de la montaña más cercana a tu casa.

El mundo está chungo. Menudo descubrimiento te hago, ¿no?. Resulta desalentador escuchar la televisión, bucear por internet, o caer en la cuenta de lo que contiene cualquier conversación de calle. Parece que todo se esté confabulando para acercarnos al precipicio.

Precipicio Del latín praecipitium.

Dictionary result for precipiciNombre masculino.

  1. 1.
    Pendiente muy profunda y pronunciada, casi vertical, en un terreno. Despeño o caída precipitada o violenta.
  2. 2.
    Desastre o desgracia que afecta profundamente y que resulta difícil superar. Ruina espiritual.

Del punto uno, l@s ciclistas de montaña sabemos muy bien qué hacer con su significado. O mejor: con lo que puede llegar a significar. Para llegar a concentrarte al máximo en el hilillo de tierra y piedra que se abre frente a ti, en sentido ascendente o descendente, notando en tu cogote el aire destemplado que sube desde el abismo, tienes que haberte enfrentado repetidamente a muchas situaciones similares. Es complejo llegar a dominar el tema, pero aún así, se puede lograr.

Del punto dos amig@s, cómo no, l@s ciclistas también sabemos mucho.

Dar pedales supone un bote entero de pastillas para tu cerebro. Gratuitas, beneficiosas, naturales y tuyas propias, de ti mismo, de tu propio mecanismo. Tuyas. Pa ti pa siempre.

Es algo que han estudiado centenares de personas de ciencia. Es algo tan evidente para cualquiera de nosotr@s, ciclistas, que nos arquea las cejas pensar que algo tan "de cajón" se haya tenido que estudiar. 

Esto es así, porque es así. Punto pelota.

Sales, te deslomas hacia arriba, mueves cadera, metes rueda, levantas manillar, lo estrujas hacia abajo, sudas, toses, exhalas, trazas millones de círculos imaginarios con los pedales para continuar avanzando, lanzas un gritito de emoción y llegas con la boca reseca, fruto de lo sonriente que la llevas. En ese segundo posterior  inmediato,  tras dejar tu bici en su sitio, y mientras vuelves a la realidad cotidiana justo por donde lo habías dejado, te sientes nuev@.

Montar en bici te hace ser mejor persona. Te hace ser más sensible a todo cuanto te rodea. Favorece el entendimiento y diluye los problemas que los seres humanos nos generamos. Mueve la musculatura, favorece el riego sanguíneo, produce endorfinas, libera estrés, disipa la ansiedad, quema grasas... uf, la lista de beneficios es tan increíblemente larga, que resulta imposible terminarla sin aburrirte.

Llegados a este punto, me pregunto, ¿cómo es posible que no la receten en la Seguridad Social?, y lo que es peor: ¿cómo es posible que sabiendo todos los magníficos beneficios que produce, las autoridades competentes la prohíban en los escenarios naturales más propicios?

No sé. Igual es cierto eso que dicen que nos quieren llevar al precipicio. Lo que quizá aún no saben es que somos ciclistas, y que l@s ciclistas, sabemos cómo centrarnos en ese hilillo de tierra y piedra sin mirar al abismo. Y por supuesto, sin caer en él.


martes, 2 de octubre de 2018

INTRÉPIDO/A


intrépido, da

Del lat. intrepĭdus.
1. adj. Que no teme en los peligros.

2. adj. Que obra o habla sin reflexión.

Quizá no lo sepas porque no lo hayas sentido nunca, quizá pienses que te exagero o quizá ni tan siquiera lo entiendas, pero te garantizo que existen personas a las que sentadas delante de un portátil en casa, el pulso se les acelera, se vuelven inquietas ante una frase, una foto, una línea discontínua sobre un mapa, o al atisbar en la pantalla un paso escondido entre las peñas enfilando hacia el valle en esa celestial ortofoto.

Rápidamente las arterias se les vuelven locas, se les abren los ojos, se les dilatan las pupilas, seca la boca y mueven los dedos...

A veces todos eso no sucede, y simplemente hay quien imagina que esas líneas existen, aunque lleven años buscándolas desde un balcón con vistas, un mapa roído, una sesión multiplicadora de dioptrías sobre el Google Earth, sin recibir ni una señal a cambio.

No en vano, todos sabemos que el imaginario es libre, libidinoso y caprichoso. Lo mismo se torna bravucón, como te larga un abrazo de oso. Quién sabe, no tiene carta de presentación alguna...

Creerás que llegados a tal punto desfallecen en el intento, mas no estarás en lo cierto, porque simplemente sueñan que es cierto, y se sonríen a sí mismos, como un autoengañoso cuento chino que les complace y hace conciliar el sueño.

Llegará otro momento, otra búsqueda imposible para hallar lo que la mente les alienta y los ojos niegan... y esa vez sí, esa vez la línea aparecerá. Factible para ellos y demasiado crápula para el resto.

Que te susurre la cantinela al oído y te dejes embaucar, es solamente lo que te separa a tí del intrépido, aquel que no teme a los peligros y obra sin reflexión.

Luego, ya nos contarás qué tal te ha ido.







jueves, 22 de marzo de 2018

SONIDOS DE BATUTA



Con solo agudizar los oídos escucho el murmullo de esa fuente alta e inagotable, que infatigablemente se rinde a los temporales y resiste a las sequías. 

También ese tumultuoso río que surge casi desde el mismísimo cordal, a base de nevero incosistente. Emana y fluye, gota a gota, juntándose con otros arroyos y regatos que al unirse, tapizan de sórdida fuerza el empuje del agua buscando un valle, para luego enlazar con otro, y otro...

Escucho el sonido metálico de la piedra contra el cuadro, doloroso al principio, pero que por común, al final se torna banal por cotidiano. Suena después el éxtasis infinito cuando la bici no se detiene, cuando todo sale, cuando se es capaz de franquear todos los obstáculos que con inverosimilitud, secundan el sendero.

A renglón seguido vibra en el ambiente el sonido de la risa nerviosa, el tomar aire y el crujido posterior al volver todo a su sitio. Un crujido que no suena mal, que se une a la sonrisa abierta y al mirar hacia arriba, queriendo atisbar dónde se oculta el inicio de este verdadero concierto colgado entre valles, bajo farallones donde resuenan todos estos bellos acordes de música, hecha con múltiples instrumentos, pero con una sola batuta que todo lo dirige de manera armónica: la propia naturaleza.


lunes, 22 de enero de 2018

CICLOMONTAÑISMO, ESENCIA ROTERA


De la época que yo vengo, esto del MTB era pillarse una bici con ruedas de 26'' y varias marchas y disfrutar del monte a cascoporro. Una idea básica, simple, importada de las Américas con sus inicios "klunkerianos", de manos de unos yankis a los que les gustaba soldar hierros y bajar montaña abajo como si no hubiera un mañana, sin protes y frenando a contrapedal... Pero mira, cosas del marketing y de estos tiempos en los que hay que ser el masmolón, la idea inicial se ha ido complicando más y más, creándose ramificaciones, subgrupos o ghettos a los cuales uno ha de unirse para tener una marcada personalidad. Y ésto no es un fenómeno que ocurre sólo en el ámbito del biciclismo, no. Antes había un médico para todo y ahora las especialidades son tantas que depende de la nota que salga de tu garganta al toser, te envían a un catarrólogo o un campanillólogo. Todo esto dicen que se llama evolución.... Dicen....

Pues bien, dentro del ámbito rotero tenemos la suerte de tener un propósito común, que no deja de ser el de salir con los colegas, sin prisa pero sin pausa, a pasar una deliciosa mañanita en el monte compartiendo risas y rollete del bueno. Ésto es lo que prima y hasta ahí todo bien, sí. Pero hay un aspecto, en cuestión de gustos biciclístico-montañeros que nos diferencia, y es que hay una parte de los roteros que disfrutan (suena raro, lo sé), ascendiendo por la montaña en una senda rota con la bici cargada al hombro, y la otra parte de los roteros, pues mira, no. Respetabilísimas son las dos posturas y, salvo típicas bromas, es algo que se lleva a la perfección entre los miembros de la manada. Pero donde voy es a analizar/justificar la parte de los sonaos que disfrutan con esto a lo que llamamos "ciclomontañismo", entre los que me encuentro, ya que este sábado pasado hubo un tramo de porteo en la rotada que me hizo reflexionar mientras ascendíamos, ya que, curiosamente, era el único fan de dicha modalidad y nos lo encontramos sin buscarlo.

...Y es que, el hecho de sentir que vas por la montaña en una senda intransitable para una bicicleta (salvo "pros" entre los cuales no me encuentro), evoca unos aires de pionero, de descubridor, de "poraquinohapasadoningúnbiciclo", y que normalmente se suele encontrar en cresteos y zonas altas, donde la vegetación es de matorral, provoca una sensación de libertad realmente indescriptible, que hace que cuando llegas arriba, a la cima, no puedas evitar sacar fuerzas de donde no las hay para alzar tu montura y demostrar que "hasta aquí he llegado!".

- Oscurito, un rotero de la rama de los "no porteo" que lo flipó ciclomontañeando por los Pirineos -

Está claro que, como bien dijo Newton, toda acción tiene su reacción, y bien es cierto (bajo mi humilde opinión), que a los lugares más bellos y los parajes más idílicos, hemos llegado tras un porteo más o menos intenso. Si te toca portear, es (en la mayoría de los casos), porque te encuentras bien alto ya.

- Uno de los momentos más increíbles en nuestros periplos pirenaicos -

- Brutal mar de nubes llegando a lo más alto del Puig Campana -

Esa sensación de "masoquismo" que para unos puede suponer ir con 7-8 kgr. de mochila + 15 kgr. de bicicleta encima, en aquellos que disfrutamos con el porteo, afirma aquello de que el fin justifica los medios. A lo desconocido, lo poco frecuentado, lo inaudito, lo que se queda grabado en la mente, se llega porteando. Mi cabeza está llena de auténticos momentazos tras un porteo (lo cual no quiere decir que no los haya habido sin porteo, ojo!). Y no, no es mal de altura, es endorfinamiento al más alto grado.

- Ida de piña del grupeto tras alcanzar la cima del Puig Campana -

Por tanto, tanto si te gusta esta variante cicloburrística como si lo consideras una locura más, ya conoces una parte más de este grupeto tan dispar

I lof ciclomontañismo.
I lof roteros no porteadores.
I lof Penya el Rot.

martes, 9 de enero de 2018

¿DÓNDE ESTÁ NUESTRO ERROR SIN SOLUCIÓN, FUISTE TÚ EL CULPABLE O LO FUI YO?



En la era pre-internet, antes de crecer exponencialmente los millones de smartphones y dioptrías en los cuerpos humanos, las personas que salían en bicis por firmes no asfaltados, leían a Xavi Fané en revistas específicas. Bueno no solo eso, es cierto, un domingo también alucinaron con Juan Ochoa y Juanma Montero en "Al filo de lo imposible".

La cosa fue a más, ciertamente. La Caja Rural te regalaba una BH Force 12 monoplática (menudos visionarios!) si te echabas una cuenta joven en verano, y un colega ganó una... joder ¿cómo se llamaba la marca?... por ganar un campeonato de billar.

Pero he aquí que triunfó internet, con su Youtube de música a tope y vídeos interminables grabados desde el casco, con su Facebook postural cual kamasutra ciclista, su petación de rutas subidas a Wikiloc repletas de senderos centenarios de cuyo nombre no quiero acordarme y la rebautizo en plan "la interminable", "la del puente", "árbol caído", y demás toponimia rigurosamente estudiada.

Pero he aquí que además, triunfaron los smartphones, con sus filtros de Instagram, sus hashtag, sus grupos de whatsapp repletos de emoticonos, fotos de féminas sin algo más que sin casco, sus vaciladas testosterónicas, sus voces celestiales saliendo de la mochila de hidratación al cruzarse los datos del Endomondo con los del Runtastic, y su "apártate que piso KOMs" del Strava.

En no se sabe muy bien dónde, un gurú sacó su varita. En tono enhiesto, llamó una a una a aquellas personas que otrora salían en bicis por firmes no asfaltados, y ahora eran bikers, y de un golpe de muñeca ¡zasca!, los subdividió en modalidades.

- A partir de hoy tú serás de allmountain, tú de enduro, tú haces downhill los sábados y freeride los domingos, tú XC un día y cross country otro.

Alguien lo oyó detrás del visillo, se frotó las manos y envuelto en un aura espiritual llamó una a una a aquellas bicicletas que otrora iban por firmes no asfaltados, y ahora eran bikes, y de un golpe de muñeca ¡zasca!, las subdividió por pulgadas. 

- A partir de hoy tú serás fat bike, tú 27'5, tu primo 27'5+, tú 29 un día y al martes 29+, tu suegro eBike, y tú para que la vuelta a lo vintage no sea traumática y no se nos vea tanto el plumero... 26+.
A finales de 2017, el cielo amaneció plomizo. Los de las modalidades montados en las de las pulgadas, se esparcieron por la montaña como cada fin de semana. Pero en cuanto los smartphones se hicieron eco de la noticia, internet ya era todo un hervidero de indignación.

Pararon, y sin hablarse claro, empezaron a compartir la información en sus redes.
Al sacarse las gafas, secarse el sudor, y descubrir la realidad, fue cuando se dieron cuenta que mirarse a si mismo no era en realidad el fin de esto, y que lo que habría que haber mirado más, es a esa montaña, a la cual los gurús legislativos acababan de meter en una incubadora.
Al sacarse las gafas, secarse el sudor, y descubrir la realidad, fue cuando se dieron cuenta que mirarse a si mismo no era en realidad el fin de esto, y que lo que habría que haber mirado más, es a esa montaña, a la cual los gurús legislativos acababan de meter en una incubadora.
Al sacarse las gafas, secarse el sudor, y descubrir la realidad, fue cuando se dieron cuenta que mirarse a si mismo no era en realidad el fin de esto, y que lo que habría que haber mirado más, es a esa montaña, a la cual los gurús legislativos acababan de meter en una incubadora.
Al sacarse las gafas, secarse el sudor, y descubrir la realidad, fue cuando se dieron cuenta que mirarse a si mismo no era en realidad el fin de esto, y que lo que habría que haber mirado más, es a esa montaña, a la cual los gurús legislativos acababan de meter en una incubadora.

sábado, 9 de diciembre de 2017

ALLÍ ESTÁ. ALLÍ IREMOS

Llegamos bien entrada la noche, pues era primavera y aún no habían adelantado la hora. Tan sólo tiempo para descargar el equipaje del coche y guardar las bicis en una habitación. Una vez todo en orden, visita relámpago al bellísimo pueblecito y al restaurante a pedir mesa para cenar. Primero apagamos la sed con unas fresquísimas cervezas que sabían a gloria, y tras unos minutos, carne del ganado propio de quien nos cocinaba, al punto y perfectamente sellada, manteniendo todos sus jugos, aderezada con sal de escamas y todo regado con "buenos caldos", como diría aquel.

En la mesa, comentarios un tanto agitados sobre la ruta del día siguiente, fruto de la inquietud propia que te genera el saber que lo bueno está por venir, a sabiendas de que estás ya metido en harinas, por lo que tratas de saborear cada minuto, mientras el aire serrano rejuvenece el alma.

Tras la cena, paseo por el pueblo al margen del río mientras un suave viento que, aunque frío, nos da la bienvenida y nos hace sentir la inmensidad del valle en el que nos encontramos, bajo un negro telón de fondo que mañana nos mostrará el paraíso.

Ya en la casa. Pijama puesto, aseado correctamente para recibir "com cal" la cama y un pequeño "briefing" típico en el que se comenta -mapa en ristre-, aquello que mañana disfrutaremos como niños y que llevamos en mente desde hace meses. Y es que todo llega, pero de nosotros depende congelar esos grandes momentazos que te regala la vida y que hacen que valga la pena. Lo bueno, en pequeñas dosis, doblemente bueno.

07:30 AM. Ya es de día. Apago la alarma, abro los ojos, corro las cortinas con impaciencia y abro la ventana. Allí está. Mucho más bonita que cuando la imaginé. Allí iremos.


miércoles, 29 de noviembre de 2017

AL CERRAR UNA PUERTA


Casi a rastras empujó la diagonal final que dibujaba el sendero antes de alcanzar el collado, y con él, cambiar de vertiente y horizonte. A pesar del descomunal esfuerzo, aún tuvo la entereza de dibujar una sonrisa casi imperceptible, mientras el sudor desfilaba a borbotones por la misma cara, donde ya no emanaba el dolor y el sufrimiento dibujado hasta entonces.

Se sentó a escasos metros del puerto, sollozó, se aguantó la cabeza a sabiendas de lo que le había costado llegar, y sus lágrimas regaron el firme de palmo y medio de ancho que le guiaba hasta su objetivo.

Sin saberlo estaba sellando multitud de cicatrices invisibles a los ojos, pero perceptibles al alma. Una a una. Poco a poco. Se sintió mejor, sin euforias ni aspavientos, pero con orgullo personal y humildad a la vez, y sin necesidad de tener a nadie al lado para corroborar como testigo de aquel trance, una vez volviese a la vida de los humanos.

Pero ahora era tiempo de secarse la frente con los guantes, de quitarse los pinchos de los calcetos, se limpiarse el polvo incrustado en la escasa piel que se aireaba de manera directa, y de penetrar con sus ojos todo cuanto le rodeaba, sintiéndose absolutamente vivo, que era en definitiva, el motivo por el que emprendió el rumbo hasta allá arriba.

Fue entonces cuando vio lo atrapado que había estado, lo hundido que se había encontrado, y la poderosa influencia que la mente ejerce sobre nuestro cuerpo. Aquello le causó vértigo, es cierto, pero le ayudó a marcar una línea y una referencia interna ubicando su límite personal.

lunes, 20 de febrero de 2017

Y AL SÉPTIMO DÍA... DIOS CREÓ EL ENDURO



No quisiera precipuciarme demasiado, quizá no debiera o debiese (mi profe de Lengua jamás hubiese creído que 25 años después recordaría las dos formas del pretérito imperfecto de subjuntivo) haberle dado al teclado, pero qué narices... 

Al pan cuando no es pan se le llama bromballa. Al montanbai cuando no es montanbai se le llama enduro, y nos quedamos tan panchos.

Joder, qué tiempos aquellos en los que a nadie nos identificaba la palabra, cuando todos renegábamos del mote. Éramos como los Eskorbuto escupiendo sobre la etiqueta del RRV, como los verdes que alaban el ciclismo urbano y en redes sociales estigmatizan las bicis de monte.

Éramos. Así, puesto al verbo, en pasado. Imperfecto. Porque ese pasado cercano fue imperfecto.

Y es que el mundo se volvió loco. Nos sumimos en una crisis, otra palabra desdeñada, como el enduro, que nadie quería decir pero que oías miles de veces al cabo del día.

Y luego llegó el mañana, así despacito, como dándote un bofetón a dos manos, zas, zas. Y el enduro, ese mote maldito, eso que to dios preguntaba qué era, se nos metió en la vena. Sí, como a los 80 el caballo.

Al tema llegaron aquellos que antes nos dejaban flipando con sartus de tres metros, aquellos para los que el pedal era solamente un punto de apoyo, aquellos que no entendíamos su jerga en ciberincones de extrarradio. Y se pusieron las pilas. Con cierto aroma a gimnasio para algunos, con un regusto a bebida energética para otros, y con un vestuario más propio de una pista de reggaeton para todos, el caso es que empezaron a llegar a puntos en los que antes solamente se juntaban las cabras con los cabrones. 

Con todo, llegó el pensamiento único: la velocidad. Como en la play station claro. Bajar a tope. Gas que dicen. Gas, tócate los huevos. Y por supuesto el King Of Mountain, el putoamismo a este lado de la montaña. Hoy es necesario llevar 65,5º delante para alcanzar el flow, nada menos, el flow, palabro propuesto por un tío italiano con nombre croata que te indica un estado mental brutal, no un sendero liso.

Y a la velocidad claro, se le unió la 3ª Guerra Mundial, la de los tamaños de rueda, para acabar de dividir, desprestigiar y ahondar en las miserias de los foros y sus foreros, esos sitios hoy arrasados por el compra y vende, por el encefalograma plano propiciado por las máscaras, los integrales y el marquismo por encima de todo.

El enduro señores, eso que no quisimos tomar como ejemplo una generación chorra de ciclistas de montaña que pululamos aquí y allá, erráticos perdidos, sin vernos representados en ningún rincón de internet, y que tan sólo nos hayamos metidos en hábitat cuando subimos alto, muy alto, para luego bajar claro, pero no sin antes alucinar bellotas con las vistas tratando de adivinar siluetas verticales, imaginando nuevos sueños, y por supuesto, sin darle gas a nada y sin temblarnos el pulso al final del sendero ávidos perdidos por ver una mierdecilla de pantalla de móvil que nos dará el todo o la nada, en una especie de summum del egocentrismo absoluto llevado al monte, donde en realidad, todo lo que no sea verde o lleve cuernos sobra.

Pues eso, que quizá no debiera o debiese haberle dado al teclado, pero qué narices... 


miércoles, 25 de enero de 2017

EL FUEGO DE SAN TELMO, A ORILLAS DEL PATARA ENGURI



Apenas unas horas después de abandonar el Hotel Riho, a orillas del Patara Enguri, revisaron sus bicicletas y uno al otro, sana costumbre de chequearse en un viaje como aquél, para continuar rumbo a los contrafuertes del Monte Dij-Tau.

Sin idea alguna de cómo avanzar hacia el Norte, les cogió por banda la tempestad.

El frío viento rugía. Decidieron entonces abandonar el río al comprobar que los rayos hacían acto de presencia cada vez más cerca, pero para refugiarse en el bosque, debían cruzar sus aguas cada vez más alteradas. Finalmente lo consiguieron a través de un recodo en el que el Patara Enguri se dividía en varios brazos, por lo que la maniobra equivalía a sortear cinco ríos, tantos, como brazos extendidos contenía el río en aquel inhóspito lugar de Georgia.

En esos instantes previos que preceden a la tormenta, a Dave le vino a la mente algo leído acerca del "fuego de San Telmo", y contemplaba su Kona Unit compuesta de elegante material y perfecto conductor de descarga. Porter iba a la suya, mirando aquí y allá las vicisitudes del estrecho horizonte, y se mantenía siempre vigilante del oscuro cielo que amenazaba con desplomarse de un momento a otro.

Y sin más, lo hizo.

El ruido ensordecedor del rayo y la tromba de agua que caía del cielo, mezclada con la del río, hicieron perder esa conexión tan necesaria en aquel momento: decirse el uno al otro lo que pensaban. 

Por inercia, por azar, o por simple miedo, continuaron avanzando con rumbo Noreste hasta alcanzar los mismísimos pies del Glaciar Shkhara, cuando de repente la tierra cedió al derrumbe. Dejar la bici a un lado y estremecerse fue cuestión de un segundo, arquear las cejas y gritar a Porter otro más, justo el doble de lo que tardó la montaña en desvanecerse sobre él.

Con el estómago encogido Dave se armó del valor suficiente para abandonar su posición a salvo de nuevos derrumbes, e iniciar la búsqueda desesperada de su amigo. Gritar era un simple acto de rebeldía hacia la montaña, de nada valía, pues casi ni él mismo era capaz de oírse. 

Rasgó sus guantes y quebró sus dedos moviendo cuantas piedras pudo, cayó rodando, se caló hasta el tuétano, y perdió la noción del tiempo, hasta que sin saber cómo, el "fuego de San Telmo" apareció sobre lo que se asemejaba a un eterno cuadro de bici, como le sucediese a Colón en su segundo viaje a América en los mástiles de su barco.

A Dave se le erizó el cabello y el ruido fue aberrante y descomunal. 

Nunca supo si Porter falleció arrastrado por la fuerza del Patara Enguri, por la del descomunal derrumbamiento de la ladera que sostenía los glaciares Shkhara y Namkuani, o porque el destino, ése que sirve de resignación que no de consuelo, se había citado con él aquel día.

Hoy un túmulo de piedras yace junto al paso que antecede a los cordales que separan el Dij-Tau del Koshtan-Tau, donde aún ningún ciclista sabe si es posible acometer.

martes, 25 de octubre de 2016

TANTO MONTA



El panorama y la culturilla biker parecen bastante homogéneos a simple vista. Las fotografías que cuelga la gente, los comentarios, los hilos abarrotados de opiniones cuando una bici novedosa aparece en escena, hablan mucho sobre este deporte.

Este “pensamiento único” que se respira en el mundillo ha seguido un leitmotiv que nos ha llevado a un ambiente un poco irrespirable y poco motivante.

No me gustó la guerra incivil de los tamaños de rueda, que encendió bocas de uno y otro bando en algo realmente absurdo y difícil de parar. Como tampoco entiendo esa obsesión casi enfermiza en poner de manifiesto que alguien ha tardado 0'5 segundos menos en bajar una trialera mítica en ese monte que tanto nos gusta. Por no hablar de la moda urbana llevada a la profundidad de la montaña, que nos hace, lejos de pasar lo más desapercibidos posible, a ser objeto de miradas recelosas por flora, fauna y congéneres humanos con quienes compartimos senderos.

Ponerse a discutir si Santa Cruz debía haber dado un giro en su estética, en vez de valorar en qué se convirtió al dejar de ser aquella nave industrial con los Ramones de fondo, mientras sus dueños miraban menos lo que se cocía en el vecino Emma McCrary Trail, y más mtbr; es caer en un grave error de percepción.

No sé, yo al menos veo un poco absurda toda la movida ésta. Creo que el ciclismo de montaña no es todo eso.

Es sentir que casi te la metes de un ramazo, y luego metértela, pero no poder lamentarte para poder seguir huyendo de esa tormenta que se avecina en “cero-coma”. Hablando de KOMa, menudo ego el de aquellos que llegan a modificar esa histórica Z que les “robaba” 2 segundos, y a nosotros nos garantizaba una buena reprimenda al llegar tarde a casa, porque echábamos la mañana literalmente, intentando el paso tal y como era antes. En mi casa te agradecen el gesto, pero yo no.

Que mires un poco más dónde montas hombre, y menos con lo que montas. Y a los que se curran estas herramientas de goce y disfrute: que nos miren un poco más por dónde montamos, y menos a los que las montamos.

martes, 4 de octubre de 2016

¿REAL-MENTE?




Determinar de dónde nacía ese apego y sentido de pertenencia, fue el paso siguiente que mi mente determinó como clave, para entender el ciclismo de montaña imperante en aquel reducto del Mundo. Pero para llegar a ello, previamente tuve que pasar por experiencias vividas en primera persona, en una visita casual y fruto de mis merecidas vacaciones.

Mi trabajo estresante en una de las revistas más leídas entre la comunidad ciclista británica, y por ende, entre la comunidad biker global al ir escrita en inglés, reconozco que me generó en un momento de mi vida, un cierto rechazo hacia la bici en mis periodos vacacionales.

Sin embargo aquella vez decidí investigar mi destino elegido azarosamente: primero sobre el territorio, después sobre el movimiento biker asentado. Los resultados fueron curiosos, y las fotos y un par de mails cruzados con un grupo aparentemente tan rudo como divertido, casi cómico diría yo, inclinaron la balanza hacia el lado de la escapada relajante con pedales añadidos. “Bueno, sin pretensiones ni machacaduras”, me dije sin saber lo que me esperaba.

La primavera fluía, el verde de las hierbas y el gris de la roca sucumbían ante el fresco vientecillo marino que llegaba hasta las cumbres, y por encima de todo, una embriagadora fragancia compuesta por miles de pequeñas matas envolvía el ambiente. Descansando en un collado, entre dos lomos romos, con el solecito de finales de abril en la cara, los ojos cerrados, y el ruido de abejas e insectos al abordaje florístico... "ahhh... oh my God!..." exclamé, hasta que llegaron sus pasos sobre la caliza hecha pedacitos por millones de inviernos, sus risas, y sus vozarrones, impidiéndome borrar del todo los cierres mensuales de revista, las fotos, pruebas y demás rollos laborales.

Abrí un ojo arqueando la ceja y los vi acercándose a mi. Mientras las sienes soltaban el sudor post porteo, un lenguaje ininteligible y lo que aparentemente me parecieron hasta gruñidos pero de buen rollo, se sentaron a mi lado. Y de pronto paz, no sé si alguno llegó a pillar el sueño, pero esa sonrisa en medio de la cara mientras los guantes tapaban sus ojos, y esa desconexión total con la vida real, conectándose a la vez con todo lo que los rodeaba, significó para mi toda una sorpresa reveladora. Un silencio que me lo dijo todo.

No sé cuánto duró aquel instante, puede que fueran en realidad pocos minutos, en cualquier caso suficiente tiempo como para hacerme partícipe de su manera de sentir y entender aquello.

Luego vino el momento de la cima, los abrazos alzando tremebundos sobacos, barbas mojadas, y joder, no me molestó ni un ápice!. Después, alcanzamos el buen karma a base de lazadas por una ladera orgullosa, a golpe de manillar, metiendo cadera, tensando cuádriceps y moviendo hasta el más irreverente de los músculos de un cuerpo absolutamente estirado, entregado a la causa. El éxtasis nos alcanzó de lleno una vez abajo, y con él un golpear de jarras de cerveza que nos volvieron a mojar las manos y los resecos gaznates.

El vuelo al Norte de Inglaterra fue duro, el gris plomizo de la oficina aún más, y el tener que enchufarme el waterproof por exigencias del guión algo muy molesto, y es curioso la verdad, pues la habitualidad y constancia de mi vida biker anterior, hasta ese momento no me había hecho nunca plantearme, cuán de asqueado te hace sentir una badana chorreante.

Pero no fueron las condiciones o la hierba mojada, ni siquiera el barrizal arcilloso pegado a la bici, lo que me hacía plantearme lo que en verdad echaba de menos. Paré y me di cuenta que mi ritmo cardíaco era asfixiante, mi grupeta no era un grupo como tal, y que no habíamos parado de dar pedales desde que salimos de la ciudad.

Arqueé la ceja, me levanté las gafas, y solicité por WhatsApp una prueba de material al jefe en ese lugar exótico, allí donde las abejas se atocinan sobre las flores, éstas sobre la pituitaria de quien osa llegar arriba, y sobre él se le sientan pseudo ciclistas de montaña que sienten como más importante el entorno, que el material del que acababa de pedir para una prueba. 

Quiero ir lejos de la irrealidad que me envuelve, cerca del mtb real, por favor”, le dije claro por escrito.


viernes, 27 de mayo de 2016

CÓMO HEMOS CAMBIADO....


Dicen que esto de los blogs está ya de capa caída, que el "meollo" se encuentra en los grupetos de whatsapp, que ésto tiene los días contados y le faltan dos suspiros. Y puede que sea cierto, sí, no lo voy a negar, pero tampoco voy a quedarme sin decir que este tipo de divagandas o txarraetas que uno de vez en cuando siente la necesidad de decir, pues aquí como en ningún sitio, oigan. Y, sinceramente, uno se queda muy agusto y con la conciencia muy tranquila después de haber podido expresarse como le sale de los bemoles, y de paso haber reafirmado una vez más que el blog, a pesar de haber consumido sus momentos más dorados, aquí sigue presente dando alpiste a quien se asoma en busca de un rato agradable tratando esos temas que envuelven y sazonan nuestras vidas.

La tarde de ayer bien podía haber sido una jornada vespertina ilegal más a añadir a la saca, pero sucedieron una serie de acontecimientos en cadena que para este servidor hicieron que fuera radicalmente diferente. Como de costumbre, Carlos, rotero y compañero del Team Production Privée, con quien afianzo y disfruto mano a mano las ilegales de este 2016, había quedado conmigo a las 19 para dar pedales, pero unos instantes antes me avisa de que la Shanita estaba en curas y saldría con la doble, así que me solidarizo con la causa y de paso desempolvo la Lite, que hacía meses y meses que no tenía una buena dosis de MTB del bueno. 

Como suele ser normal tras una buena temporada sin catar una doble, al subir sientes la sensación de que, o has perdido presión en el amortiguador y lo llevas demasiado blando o acabas de sentarte en el sofá de casa. Las almorranas se relajan y envían mensajes al cerebelo del tipo de "ya era hora, macho", o "al fin un poco de descanso!", y tratas de acomodarte a esa nueva geometría en la que, todo sea dicho, te notas hasta incómodo. Sensación de estar en una chopper y vagos recuerdos de las últimas veces que monté en ella...

Pero lo gordo, lo que me lleva a soltar esta "porroná" de letrajas viene cuando dejamos el agsfalto y comienza el turrón... Y es al enfilar el primer petxugazo con el que, girando a mano derecha continúa el cóctel de desniveles massifs que prácticamente no dejarás hasta la cima,  cuando experimento esa situación que no recordaba haber vivido antes: una tracción espectacular -habiendo, eso sí, bajado el recorrido de la horquilla y desplazado esa zona donde la espalda pierde su honroso nombre- que anima a seguir dando pedales y te recuerda que la Mola es posible subirla del tirón, como antaño.

....Y no es aquí donde acaba la cosa. Una vez arriba y vestidos de romanos, dispuestos a tirarle a la Fullobites, la doble vuelve a demostrar que el trabajo es más fácil si tienes buena herramienta: notaba como si no hubiera baches....

Es ahora, cuando he contado toda la historia, el momento en el que viene la moraleja/opinión/ida de olla que quizá sorprenderá al lector: prefiero mi rígida, señores. Prefiero/necesito mi artefacto de acero que castiga mis posaderas y con el que cuesta más subir por esas pseudo-sendas rotísimas de la muelte. Prefiero/necesito tener que amortiguar con mis piernas, tener que escoger en milésimas de segundo la trazada más adecuada en lugar de apretar los puños y dejar que trabaje la horquilla y el amortiguador. Noto que la domino más, que aprendo más de ella y, por ende, me siento más integrado en el entorno.

Seré un bicho raro, renegaré a la comodidad, a la tecnología...., o igual resulta que me estoy haciendo mayor, no sé... Pero lo que sí sé es lo que hoy por hoy disfruto, y, sin duda alguna, es con la rígida.

jueves, 5 de mayo de 2016

CALDERDALE OR VINALOPODALE OLD SCHOOL



En los años en los que el pelotón rotero se hormonaba a base de poderosos cuadros de doble suspensión, con como mínimo 160 mm, en el Calderdale de Yorkshire se elucubraban prodigios que tarde o temprano, acabarían desembarcando en el Vinalopó.

Pero vayamos antes a las calizas mediterráneas, donde por aquel entonces, andábamos con descubrimientos míticos como el Morro Gros o la Cara Sur del Sit, y experimentando por los cordales de Serrella, Aitana o Bèrnia. Lugares que ponían el listón bien alto, y nos hacían preguntarnos "¿qué será lo siguiente?, ¿dónde está el límite?".

En aquellos tiempos los roteros teníamos bien claro que para hacer aquel ciclismo de montaña se necesitaba una herramienta con garantías.

Al margen de los hidroformados y colores de turno, los ejes de 20 mm, los DHX, las 2 ply y el compuesto Supertacky, así como la eterna Gravity Dropper, fueron objetos de deseo y compra casi compulsiva en la Penya. Mucho se comentaba al filo de la navaja sobre si el librarse del talegazo, había sido gracias a la rigidez de la horquilla y el sofá milimetrado del cuadro, y no al talento del animalico que conducía la bici.

El caso es que gracias a estas bicicletas duras, y con generoso recorrido, podemos decir que aprendimos a quitarnos el miedo escénico del cuerpo, y que el espíritu se elevaba por entre cimas y collados, gracias también al subidón provocado por el chorro adrenalínico obtenido.

Todo eso debe ser más o menos cierto, o al menos así se medio recuerda en la materia gris rotera. Como también lo es que por aquel entonces, ya fluía por la escena endureta un rollo filosofal, que parecía que fuese a derivar en concepto de un momento a otro: el rigidismo endurero.

A ese rollo un buen puñado de rots ya lo empezamos a mirar con el rabillo del ojo, y a la sombra de dos grandes post, se forjó una nueva identidad, que no fue inmediata porque entonces nos creíamos mucho lo de la monogamia bicicletil, y la estrechez económica y la crianza, se dieron la mano.

Tuvo que ser alguien con amplitud de miras quien se plantase de lleno en les Penyes del Sol, con un artilugio que parecía no ir a ningún sitio, y que resultó ir a todas partes. Con la boca abierta nos quedamos al ver llegar al éxtasis a un Pepako que se gastaba el ciclismo de siempre, en las zonas que nunca nos atrevimos a buscar.

Sí, era posible. Ahí estaba el concepto.

Y al primero le siguió el segundo cuadro, y el tercero, cuarto... nuevo, de segunda pata, de un color, de otro... el rigismo endureta había llegado para quedarse a orillas del Vinalopó, y en seguida empezaron a caerle cafradas, de ésas que en este rincón del Mundo, se esconden para quien quiera encontrarlas.

La Mola pareció ser el eslabón perdido, la roca perfecta en la que medir la robustez de los aceros Reynolds 853 y los cromolys 4130, el desafío para bici y ciclista, el todo o la nada.

Aburridos del colchón hormonado, empezamos a ver cuánto de viciados estábamos a que fuese ella quien se lo tragase todo, sin nosotros apenas trabajar el músculo, y hubo que alfabetizar de nuevo cuerpo y mente para afrontar los retos que ya sabíamos posibles, gracias a los 160 traseros que nos habían eliminado el pavor mental.

Mente en equilibrio, toque de freno, mirar tres metros por delante nuestro, y a retorcerse con una sonrisa en la cara.

Mientras el concepto avanzaba entre nosotros, los barbudos del Yorkshire ya se habían convertido en la saga del Calderdale Old School. A ellos les debemos por tanto, que nos pusieran el metal mágico no suspensionado y la geo decente, a tiro de riñón en los escalones de nuestra comarca, que ya por siempre jamás, pasó a llamarse el Vinalopodale.

Ahora ya sabes porqué.

miércoles, 20 de abril de 2016

VIENTO EN EL CORDAL



Tras cuatro vivacs consecutivos sobre la denominada “Zona de la Muerte”, Jurek alcanzó por fin el Campo II y con él, el estado de calma. Dos ocho miles consecutivos enlazados y en estilo alpino, habían puesto su cuerpo y mente al borde del abismo, y sin embargo, ahora era una persona totalmente en paz consigo misma.

Atrás quedó la humadidad, una vez rebasado el Túnel de Bielsa el ruido producido por el trasiego perpetuo de los vehículos, cambió por el rumor fresco producido por el Barranco y el Chuzo de la Pinarra.

Ante nosotros se abría un cómodo escenario para dar pedales cuando se podía, o para empujar las bicis cuando no, sin tener que pagar una factura demasiado cara.

Sonrientes por vernos anclados en plena cordillera, despertamos la curiosidad de los senderistas que nos cruzábamos en sentido contrario, y no dejamos de mirar la forma y color de las nubes que iban tomando forma por cresteríos, picos y collados, como queriendo oler la posible tormenta eléctrica.

En una borda nos reunimos, almorzamos -sana cultura de nuestra tierra que conviene llevar allá donde vayamos-, reposamos, cerramos los ojos siquiera un minuto sin decirnos nada, y continuamos.

Comprobamos lo absurdo de las fronteras transnacionales. En plena línea en el mapa, a un lado el acento francés abigarrado a las rocas, y en el otro el español buscando el sol.

Mientras, una placa nos hablaba del pavor de las guerras, y tras reponernos del esfuerzo acabamos siendo conscientes que por donde ahora chocamos las manos satisfechos, tiempo atrás escaparon familias enteras a través de la nieve, huyendo de la represalia humana, tan real como desgarradora.

Dos congéneres nuestros corrieron a toda prisa para saludarnos. Verlos portear sus bicis a buen ritmo nos ayudó a no sentirnos solos y raros. Una vez más, caras sonrientes, estrechamiento de manos, desearse suerte y dividir el rumbo.

El nuestro lo marcaba el viento de cresterío, afrontado con unas fuerzas que empezaban a fallar, mientras nos invadía de nuevo esa sensación de intranquilidad que solamente la méteo nos imprime, helando el alma.

Espíritu intranquilo que te hace darlo todo e ir más deprisa a pesar de la dificultad, con el único ánimo de atisbar cómo está la cosa detrás de esa Z que te lleva más arriba, y poder saber así, cómo están los nubarrones a la altura de La Munia. Para entonces aquella era mi única idea que rondaba mi cabeza, de un modo casi obsesivo.

Llega un punto en el que el desasosiego mental desequilibra el estado físico, un punto en el que cuerpo y mente te hacen tener que ayudarte de una mano, para avanzar entre escalones de roca, en los que la garganta reseca se resiente del viento del cordal, y el levantar una pierna desequilibra la otra.

Sin embargo el miedo se lo carga la tenacidad, la capacidad de lucha, el saber que has superado el punto de no retorno, pues volverse es tan infame como avanzar en el sentido previsto.

Recuerdo ir delante no por consistencia mía, sino por verme sumido en la necesidad de sacar de allí a quienes creyeron que mi plan de ruta propuesto era sensato. Ese agobio personal autoimpuesto, me llevó a una incomprensible calma final. La mitad más una de mis neuronas, me indicaron que solamente debía limitarme a contemplar lo que mis ojos estaban viendo, pues quién sabe cuándo volverán a ver la Barroude, la Punta Roya...

Desde arriba, con el negro de la base nubosa como telón de fondo, bajaba un francés, nos dio ánimos, comentó que no quedaba nada: dos giros, una tasca final, y una cumbre tan épica como atípica.


Me sentí Jurek por unos instantes, cambiando la inhóspita tienda del Campo II, por la fita de piedras que marcaba los más de 2700 metros del Pico del Puerto Viejo de Bielsa. No por el tamaño de la hazaña, por supuesto, sino por el estado mental y físico alcanzado.