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viernes, 15 de febrero de 2008

ALLÍ DONDE A VECES, SE ESCONDE LA LUNA

Dicen que allí, a veces se esconde la Luna. Que las estrellas brillan con tal intensidad, que parecen tesoros ocultos en mitad de la noche. Que existen rincones en los que el Sol jamás alcanza a alumbrar, porque no se atreve, o porque no quiere.



No se conoce quién la creó, pero se duda que pueda ser obra de alguien. Que tenemos la mente limitada para que quepa la simple idea de construir algo tan bello. Si acaso, los hombres y mujeres que habitan desde tiempo inmemorial sus faldas, tan solo se atrevieron a transitar sus solitarios pagos, para descubrir de cerca tanta belleza.
Pero también comenzaron con un maltrato abusivo hacia ella, pensando que tanta hermosura escondida, no puede ser digna de este mundo. Como si todo lo que no fuese obra de la Humanidad, tuviese que ser destruido por no poder construir el hombre una obra de tamaña importancia.
Y empezaron con picos y con palas, rompiendo cada roca y cada escalón de piedra caliza. Quemaron sus empinadas barranqueras, sus bosques de encinares cenicientos. Una y otra vez, hasta casi quedar esquilmados. Pronto se dieron cuenta que jamás podrían con ella, que no podrían colonizarla, pues el trabajo de destrucción tendría fecha de inicio, pero no final. Así que allí quedó, relegada al olvido.
Y fue gracias a eso, por lo que cada gota de lluvia empujada por un fiero viento de levante, empezó a colar en sus suelos. Algunas veces arrastró hacia el valle la tierra acumulada durante milenios, pero otras veces, se quedó en ella, quedando encintada y pariendo millones de plantas con los que recolonizar sus dominios.
Y llegó a nosotros, con millones de días que acumulan historias jamás contadas, ofreciéndonos parajes de leyenda, que quizá por cercanos, nos parecieron siempre insulsos. Comparada con otras, como quién compara algo material y humano, nos pareció incluso fea, hasta que decidimos conocerla con la mejor herramienta que jamás haya construido un hombre o una mujer: aluminios con dos ruedas.
Y aún así, tardamos años en percatarnos de su ruda belleza. Pero hoy, recorriendo cada una de sus estrechas arterias en forma de sinuosas sendas, percibimos el suave aroma de lo indescriptible, de lo salvaje, demostrando a cada pedalada que ejecutamos sobre sus pagos, que tenemos el enorme privilegio de rodar… donde a veces se esconde la luna.

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